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  • davide nuzzolo

¡Lo siento, no era mi intención!

Actualizado: 8 de may de 2020




Ser capaz de sostener el impacto que mis acciones tienen en la otra persona, a pesar de mi intención. Llevo meses con ese mantra en la cabeza.


¿Has dicho, o pensado, alguna vez “¡lo siento!, no era mi intención”?....pues, este artículo va de eso.


Todo empieza tras leer este artículo de Roxy Manning, formadora afroamericana de EEUU, conocida por llevar la CNV a ámbitos de cambio social, discriminación y lucha por la igualdad. El artículo me impactó, básicamente porque pude notar como lo que leía atentaba contra todo el sistema de creencias y automatismos que tengo instalados. Ponía en discusión las lentes que, durante muchos años, había empleado para mirar a la realidad y para formar mi identidad como sujeto y que (contrariamente a lo que yo creía) tienen un sesgo discriminatorio y formaban parte de mi actuar espontáneo y cotidiano (con eso quiero decir que no necesitaba llegar a situaciones extremas para que se manifestaran). En aquel entonces notaba que el antiguo marco de referencia de toda una vida tambaleaba una vez más y no tenía uno nuevo al cual agarrarme. Aceptar introducir en mi vida lo que decía Roxi implicaba un salto al vacío: renunciar a una parte de mi identidad, sin necesariamente tener una nueva que la remplazaba, y poner luz sobre una parte de mí que se había quedado en la sombra. Pero se trataba de un salto al vacío que quería hacer porqué quería poner en juego mi propio marco de referencia, ya que creo que solo así una persona realmente logra cambiar.


Al poco tiempo me topé con este artículo de Miki Kashtan, en el que se trata el mismo tema, aunque de forma diferente y mas extensa.

Ambos artículos han sido escritos en referencia a como el privilegio interviene e influencia las relaciones humanas, con un especial énfasis en aquellas relaciones en las cuales una de las dos partes se encuentra, por una razón u otra (etnia, habilidad funcional, idioma, género, etc...) en una situación de menor privilegio.

En breve, ambas comparten que no siempre nuestra intención al hacer o decir algo está alineada con las consecuencias que se despierta en la otra persona aquello que hacemos o decimos; y que cuando la otra persona (con su reacción de desacuerdo) pone de manifiesto esta falta de alineación, lo mas valioso que podemos hacer de cara a mantener la conexión en pié es aprender a estar con las consecuencias de nuestros actos, siendo nuestro impulso más automático, normalmente, el de justificarnos, invocando a nuestra disculpa el hecho de que “¡no era mi intención!” que “mi intención era otra.....”.

¿Te ha ocurrido alguna vez?

Según lo define Miki, el poder es la capacidad de movilizar recursos para intentar cubrir necesidades y el privilegio es una forma invisible de poder, tratándose de los recursos de los cuales una persona dispone en cuanto miembro de un determinado grupo (en caso de un privilegio estructural, por ejemplo, el privilegio por haber nacido blanco y en Europa versus el haber nacidos negros en un país de África en guerra civil desde hace años). El privilegio, por su propia naturaleza, nos protege del tener que ver, o del tener que preocuparnos por los efectos de nuestras acciones: el privilegio nos parece normal cuando lo tenemos. Desde la atalaya del privilegio podemos permitirnos vivir ignorando (a menudo inconscientemente) las consecuencias que ocasionan nuestras acciones, alejados del dolor o malestar que conocerlas nos ocasionaría. Por no hablar de la forma en la cual aquella toma de conciencia atentaría a nuestra auto-imagen, a la concepción de sí misma que cada una tiene, en fin, a como construimos parte de nuestra identidad.

Y entonces, ¿qué hacer si me pasa algo parecido, si me encuentro diciendo “¡lo siento!, no era mi intención”?

En su artículo Miki describe una escena en la que se encuentra escuchando intensamente a una amiga afroamericana (es decir de piel negra). La amiga se lamentaba por el trato que había recibido de parte de Miki y que aquella imputaba a una falta suya de sensibilidad en referencia a su privilegio por ser blanca. Miki comprendía (no sabemos si su amiga también) que su amiga estaba haciendo una elección consciente de expresar su dolor, su confusión, ante el trato recibido, como medio para poder volver a conectar con su deseo de estar en relación con Miki y, por tanto, la intención de ésta a la hora de escuchar era, exclusivamente, aprender acerca de las consecuencias de sus acciones; no teniendo para ella importancia alguna entrar en dinámicas acerca de que punto de vista fuera más importante o acertado. Miki elegía voluntariamente no justificarse, porque aquello hubiera significado desplazar el foco de atención de los efectos de una acción a la intención y de la persona enfadada/dolida a la persona cuya acción ha causado el enfado/dolor. Según Miki, en una circunstancia de ese tipo, la necesidad de poner la atención sobre nuestras intenciones al decir “no era mi intención”, es en sí un síntoma de la ceguera causada por el privilegio el cual, junto con el miedo al castigo, son las causas base de la necesidad de justificarse.

Analizando lo ocurrido entre ella y su amiga, Miki subraya como el mejor antídoto que conozca a la necesidad de ponernos a la defensiva es el cultivo de la auto-aceptación. La auto-aceptación y la claridad acerca de nuestras conductas nos liberaban de la preocupación acerca de como nos verá la otra persona, creando espacio para poder escuchar y, desde ese espacio, hay mas oportunidad de mantener viva la conexión.

Dicho de otra forma, ser capaces de mantener separada la motivación del resultado nos permite pasar del enjuiciarnos (por lo que hemos hecho y por sus efectos) al poder elaborar el duelo para los efectos a la vez que ser compasivas con nuestra intención.

Miki invita, además, a que no nos limitemos a construir nuestras relación con nosotras y nosotros solamente pensando en las necesidades cubiertas y no cubiertas por la acción, porque al hacer eso perdemos de vista el rico entramado de sentidos que se abre si consideramos que, aunque nuestras necesidades no fueron cubiertas, nuestra motivación (es decir las necesidades que nos llevaron a actuar) sigue siendo plenamente humana y comprensible. Contactar así con nuestra humanidad, contemplarla con compasión, es la clave para generar un espacio desde el cual poder escuchar con plenitud la reacción de la otra persona, sin juzgarnos.

A la semana de leer el segundo artículo, tuve que enfrentar una discusión difícil con una amiga con la cual entretenía una relación de amistad desde hace muchos años y que, con el transcurso del tiempo, se había convertido en una relación muy cercana y muy familiar. Abordé la charla con los artículos todavía dando vuelta en la cabeza.

Pregunté a mi amiga como estaba y la razón de ese algo de tensión que se percibía entre nosotras y, al contestarme mi amiga, me llevé una inesperada sorpresa: mi amiga habló del tema genero, y de como mi ser hombre me había permitido actuar con cierta ligereza con respecto a nuestra relación, listando toda una sería de argumentos, a mi entender, en parte pertinentes.

Así que inesperadamente me encontraba en una discusión parecida a la que describía Miki en su artículo. Opté por limitarme a escucharle y comprender acerca de las consecuencias de mis acciones. El impacto fue duro: no me fue fácil sostener el dolor, la incomodidad y la vergüenza que me ocasionaba escucharle (necesité recibir empatía en los días sucesivos). La tentación de acudir a la justificación como arma de defensa y como herramienta para salvar la destrozada auto-imagen de persona buena, leal y que practica la CNV estuvo presente toda la charla y varias veces me pillé justificándome verbalmente, sobre todo al principio, cuando el factor sorpresa me dejó desorientado. Sin embargo el separar la intención de los efectos como sugiere Miki fueron determinantes para poder contener el impulso defenderme y sostenerme en la escucha. Mientras le escuchaba dirigirse hacía mí con enfado y juicios, tenía claro cuales eran las necesidades que me habían llevado a actuar y eso me permitía contactar de forma compasiva pero sin auto-indulgencia con mi humanidad. Desde ese espacio, podía dar valor a aquello que me había llevado a actuar y notaba como esto permitía no juzgarme y como me transmitía una sensación de paz, y al mismo tiempo, la intención de no justificarme para poder escuchar su dolor me ayudó a no ser auto-indulgente, ni a colocarme por encima de ella. Y en ese estar pude notar incluso como se me iba generando una apertura que daba mayor relevancia y encontraba mayor satisfacción en escuchar en silencio en lugar de contestar reactivamente. Hasta el punto que noté algo muy revelador: si soy capaz de escuchar a la otra persona en estas circunstancias y con la calidad con la que escuché a mi amiga, puedo notar como su dolor hace resonar algo dentro de mí, algo muy en profundidad y eso es realmente aquello que me sensibiliza y da profundidad a la experiencia. Es una experiencia interior que me cambia desde dentro y permite desarrollar una nueva sensibilidad desde un espacio de nosotros al que me cuesta poner palabras. Así estando las cosas, solo compartiría mis intenciones si la otra persona me lo pidiera (cosa que ocurrió y que hice). Pero ya se trataba de otra cosa, ya no estaba yo moviendo el foco de atención de forma reactiva hacía mí por necesitar rescatar mi auto-imagen, sino que atendía a su petición y además con una energía muy diferente.

La charla con mi amiga me regaló así una doble toma de conciencia: la primera relativa al haber podido vivir la experiencia de estar con las consecuencias de mis actos, conteniendo la necesidad de justificarme; y la segunda acerca de mi privilegio como hombre. Con respecto a este ultimo punto, es como si ella hubiera añadido una lente mas a través de la cual mirar a nuestra interacción. Algo muy importante para mí, ya que como hombre me importa cada vez mas como mis acciones impactan sobre mi vida y las de las demás personas, especialmente mujeres, en un mundo donde descubro cada vez mas que ser hombre no se equivale a ser mujer. Y aquí me pasó otra cosa de la cual habla Miki en su artículo: Una vez que la persona me dice lo que le pasa con mi acción, ya no puedo obviar los efectos y esconderme tras la ceguera de mi privilegio invocando mi inocencia. Y de hecho, eso ha pasado ya que gracias al aprendizaje pude revisar, a través de esta nueva lente, algunas otras relaciones de amistad y detectar conductas como aquellas descritas por mi amiga.

Desde entonces trato de aplicar este “mantra” cada vez que puedo y que mi presencia me lo permite. Noto como me es difícil soltar la identidad y aceptar sin resistencias lo que procede de la otra persona. Noto la dificultad de hacer espacio de mi pecho, abrirme y recibir con cuanta más apertura me es posible el regalo de su honestidad y de su enfado o dolor. Noto además como esta tarea es mas difícil a medida que intento aplicarla a seres queridos o en relaciones en las cuales puedo detectar algún indicio de dependencia emocional. Sigo en ello, consciente que lo que cuenta es seguir caminando hacía el objetivo.

Yo, como Miki, también quiero alinear lo mas posible mis acciones con mi propósito de tomar en consideración las necesidades de todas las personas. Sé que puedo acercarme a conseguir eso si soy capaz de integrar la comprensión de que todas mis acciones afectan a las demás de una manera que no sé y si hago el esfuerzo para saber mas acerca de cómo éstas han sido afectadas.

Un resumen de cuanto comentado hasta ahora nos lo ofrece la propia Miki en un tweet:




“No es mi trabajo prevenir que las otras personas reaccionen ante mi actuar. Mi trabajo es solamente (el énfasis es mio) actuar con integridad, lo cual también incluye cuidar por el impacto de mi actuación”.

Estoy curioso de recibir tus impresiones acerca del artículo por si te apetece dedicar un tiempo a escribirme.


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